¿Qué le dirías?

¿Qué le dirías a tu yo de hace 15 años? ¿Qué te diría tu yo de aquí a veinte años si hablara contigo ahora?

Utilizamos estas preguntas en coaching y casi siempre sirven para desenredar.

Lo que contestan siempre me lleva al mismo lugar: cada uno de nosotros guardamos las respuestas que necesitamos. Tal solo hay que atreverse a mirar.

¿Y entonces? Entonces sabemos que hay un espacio entre la palabra que puede ser y el punto final que es el hueco en el que hay que decidir si jugamos al escondite o vamos de frente con lo que hemos venido a ser.

Yo juego a llamarla. En días complicados, en momentos que no entiendo. Mi yo de ochenta se ríe, mucho, muchísimo. No se tiñe las canas y no me contesta a nada concreto. ¿Seguí en Madrid? ¿Siguió mi sueño teniendo forma de casita al lado del agua? Ni se me ocurre preguntarle cómo les fue a los tres tesoros de mi vida o cuánto tiempo seguí disfrutando del arrullo de la voz de mis padres para calmar mi ruido. En todas las ocasiones, esa señora que se ríe me invita a seguir habitando cada milímetro de mi la piel, a dejarme hasta el último aliento en cada día. Cada vez que la veo me dice lo mismo, “Vamos de donde venimos” y se ríe. Si el destino de mañana no me gusta, tengo que cambiar hoy de tren para llegar mañana a una estación diferente. Como en los mejores libros, la magia nos tiene que encontrar cambiando de anden para suceder.

A veces pienso que me llama mi yo de quince, perdida en una adolescencia demasiado intensa o mi yo de seis que aceptó que el mundo cambia en un semáforo en ámbar. ¿Y qué le digo ahora a mi yo de veinte años? Que mis lugares favoritos siempre han tenido nombre de persona. Que será capaz de encontrarlos y para eso lo importante no será llegar sino conocer y dejar ir, sí, incluso dejar ir cuando aquél que haya llegado solo forme parte de uno de los capítulos del cuento. Que confíe. Qué se atreva. Le digo que puede seguir empezando los libros por la última página pero que eso no sucede en la vida. Que casi es mejor no saber el final porque así estamos a tiempo de volver a pintarlo. Que riegue la esperanza, que cuide de la inocencia. Que siempre sabrá reconocer en una mirada la masa madre de la que todos estamos hechos. Que no tenga miedo a dar calor. Que algunos se quemarán y otros lo aceptarán. Que aprenderá a regularlo. Es su superpoder.

En todas las ocasiones, realizar el ejercicio de pensar en lo que hemos sido y en lo que tal vez seamos, nos conecta con algo que escapa a nuestro control. Y curiosamente, es ahí, en ese instante en el que aceptamos que en realidad todo puede ser o no cuando soltamos las certezas como las amarras y podemos empezar a navegar el único mar con sentido. El de aquí y ahora confiando en que, en el fondo de nosotros, cada uno guarda escondida su carta náutica. La única que tiene, aun por trazar, la travesía a nuestro destino.

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