Concordia

La etimología nos permite asistir al alumbramiento de una representación mental que se incorpora al lenguaje. Es una ventana al primer día de un significado al que el tiempo y el uso van añadiendo capas. A veces de adorno elegante, otras, de una grasa oscura y pegajosa que acaba confundiendo significados que ya no son.

La palabra concordia, está formada por el prefijo con- (junto), cor, cordis (corazón), más el sufijo -ia (cualidad). Así hay concordia cuando dos corazones van al unísono y discordia cuando no lo hacen.

En un tiempo lleno de furia, en el que no elegir bando es el mayor acto de valentía, defender que es posible vivir bailando con el otro es imprescindible.

La tentación de arrasar al que piensa diferente puede ser tentadora, pero me parece mucho más interesante entrar en una conversación dispuesta a construir, para salir con, al menos, un pensamiento que no fuera mío, una idea que mascar, palabras que se queden conmigo.

La vida me ha llevado siempre de vuelta a tener una fe infinita en el ser humano. Hay un momento mágico en el que dos personas deciden verse, aun sin entenderse, solo verse y sentir al unísono, que el hacha no tiene ningún sentido.

Por cada una de las veces que alguien intente arrojarnos por la borda al mar agitado de la palabra cortante y estéril, pintado sólo en blanco y negro; por cada una de las veces que alguien nos asegure que ya sólo puede quedar rabia, odio, temor y desesperanza, valdrá la pena hacer el esfuerzo de dar un paso atrás, solo uno. Hasta llegar de alguna forma a ver y ser vistos por el otro, a entender que no hay un único camino para el mismo destino y que puede, quién sabe, que sea mucho más interesante llegar a otro lugar.

Es ese mundo de concordia, de afecto, de calor y colores diferentes del que hablo a mis hijos porque me parece mucho más interesante vivir en él.

Tengo fe y esperanza porque sé de quién depende.

Depende de ti y de mí, cada día. Depende de ti y de mí en cada una de las discusiones en las que decidimos no temer al otro. Depende de ti y de mí cada vez que actuamos como si tú y yo tuviéramos el derecho a pensar diferente y el deber de encontrar un sentido compartido.  Depende de ti y de mí cada vez que apostamos por entender que no bastan mayorías sino consensos. Depende de ti y de mí cada vez que actuamos comprometidos con no tener la razón sino argumentos. Depende de ti y de mí cada vez que vamos al encuentro del otro. Sólo de ti y de mí.

¿A por ello?

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