Tristeza azul

Están quemando mi ciudad.

Anna Llenas, autora e ilustradora de libros infantiles, es conocida por The Colour Monster, un libro sobre un monstruito confundido por sus emociones y la amiga que le ayuda a entender cada una pintándola de un color. Anna es también la autora de una joya, Vacío, que explica la historia de Julia, una niña que no consigue llenar el agujero que siempre va con ella.

Hay días en los que la gente chilla tanto que los telediarios duran una hora y media para cubrir la batalla campal de aquellos que, no pudiendo convencer, pretenden vencer a cualquier precio. Personas que quieren romper un mapa haciendo trizas un país están hoy quemando mi ciudad.

Habrá quien sienta una rabia sorda, el ruido ronco del odio peligroso que le permita alienar al otro. Habrá quien elija no sentir. Llegará con prisa a sentarse en el sofá. Siguiendo una metodología rigurosa se vendará los ojos con el mando de la televisión, llenará su vacío con retales de vidas inventadas. Habrá quien sienta una profunda desazón, incomprensión infinita y un desconcierto aterrador.

En momentos así, llega un punto en el que no podemos más y protegemos el corazón pintándolo de azul como el monstruito del cuento. Abatidos, nos dejamos llevar, casi flotando, por el invierno del alma que nos promete anestesiarnos. Estamos tristes.

La tristeza tiene un fin, casi dulce, adaptativo en ocasiones. Frena nuestro organismo. Nos lleva al estado en el que sentimos que ya no podemos hacer más, no queda nada por hacer. Tan solo abandonarnos a una pena tiernamente infinita. Todo es silencio. Se congela la esperanza y somos solo presente vencido. La tristeza nos ayuda a alejarnos de aquello que la causa. A centrarnos en nosotros. Como toda emoción, nos sirve siempre que no se quede a dirigir lo que quede de película. En ocasiones, habrá que dejarse mecer, lentamente, por el peso de la pena, hasta que las lágrimas, vertidas o no, se lleven el desaliento. Nos dejaremos arrullar por un murmullo desesperanzado hasta volver a estar preparados.

Hasta que nos demos cuenta de que el otro también soy yo. Su vacío y el mío tienen algo que ver. Estamos conectados por la falta absoluta de entendimiento. La ajenidad propia del momento en el que no reconocemos al otro como opción nos une hoy. La distancia es igual de inasequible para mí que para ti.

Y no hay barco para navegarla.

Hemos quemado las naves y los dos estamos viendo la cerilla en la mano del otro.

No sé qué pasará mañana. Me voy a dar permiso para transitar hasta ahí.

Por si acaso, he cogido prestados los cuentos a mis hijos. Me sé el final. Julia acaba encontrando la forma de volver a conectar con el otro reconociendo primero su vacío. Hoy es una noche triste. Voy a dejar el cuento abierto. Quién sabe.

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