
La vida es más fácil cuando clasificamos. Así, la frase “hay dos tipos de personas” puede acabar con atributos tan dispares como «los que entienden las virtudes de la creatina y los que no», «los que un día se tuvieron que doblar la ropa al sacarla de la secadora y los que no». A mí me gusta «los que viven entendiendo que la lotería ya les tocó y los que no». Los que entienden que lo imposible era nacer y la única certeza es que a todos nos devorará con agilidad la máquina que compacta cenizas o los gusanitos.
Se les distingue fácil: los que entienden que nos explicaron la vida del revés, que esto nunca fue de la guinda del pastel que llega al final o después. Que lo absolutamente imposible son las contorsiones del universo que se dieron para que tu tatarabuelo conociera a tu tatarabuela y ahora mismo estemos tú y yo juntos yendo en metro.
Esas personas digo, esas bailan en la ducha. Entienden que suena Bruce Springsteen, Max Richter o Bad Bunny y es para ellos. Hay que cogerles fuerte. Hay que abrazarse como si estuviera en jaque la vida a quien la vive sin dejarse ni las migas. Deberían llevar una chapa o una camiseta, para verlos de lejos y así saber con quién ir a compartir la carcajada enorme que supone ser consciente de que esto es solo un juego en el que jugar es el premio.
