
En nuestra función, pocas veces se habla del duelo que dejan los que se van o de aquellos a los que tenemos que invitar a dejar de formar parte. Con suerte, la razón será de peso y será más sencillo. Pero no siempre es así. Y a veces se van los que significan. Y hay que volver a subir al ascensor, y apetece menos pulsar el botón. Los bolis en la mochila, de pronto, son de hierro fundido y cuesta llegar a nuestro sitio y seguir; se nos pierde el para qué, miramos alrededor y tenemos que viajar atrás para recordar por qué un día dijimos que sí a algo que, de pronto, ha perdido a los alguienes que le daban sentido.
Y eso pasa, y nos pasa. Y no queda otra que acoger y agradecer el nudo en la garganta: es el testigo de que tuvimos la suerte planetaria de disfrutar en nuestro trabajo, de volver de vacaciones a un lugar que fue casa porque a alguien le interesaba lo que nos hubiera pasado entre la arena y las sandías, de trabajar codo con codo al lado de alguien que nos retó, nos ayudó, al que ayudamos y con quien crecimos.
Reconstruirnos y reconstruir desde ahí no es sencillo. Tiene mucho de luto, de tiempo, de apertura, de sostener la mirada de los que hoy también echan de menos, de compartir la incertidumbre y asumir que todos, en todos los planos de la vida, estamos de paso. Esa es la magia.
Nuestra suerte fue sabernos felices y ahora es entender que podemos asirnos a aquellos ejemplos para ser capitanes del tiempo que nos toca vivir. Hoy remamos de nuevo y, de alguna forma, el murmullo de nuestro esfuerzo es también un suave ruido de tambores, tributo a los que no están pero permanecen en los que somos. Ahora nos toca abrirnos paso en el invierno hasta tallar un nuevo mapa en el que el camino lo vayamos dibujando con el rotulador gordo del agradecimiento, la ilusión de lo nuevo que volverá a llegar y la fuerza de elegir mirar a la vida de frente.
