
Septiembre es el mes por excelencia de las promesas que nos hacemos. Casi más que en enero, en septiembre prometemos y nos prometemos todo lo que conseguiremos. Para algunos es el mes de la vuelta de vacaciones; para otros, puede ser el primero sin trabajo. Para algunos más, es el primero sin un padre, una madre o un suegro, con quien ahora habrá que aprender a conectar de otra manera. También puede ser el primer mes después de una baja de maternidad, para quienes tendrán que acordar dos roles distintos y complementarios, sin que sea sencillo.
Es el mes del orden. Del horario que mejor encaja con el cuerpo. Del primer frío que se lleva los restos de las picadas de mosquito y el olor a sal del verano. Es un mes de posibilidad, un terreno que parece ofrecernos tierra limpia para nuevas rutinas. El mejor mes para escuchar a Ella Fitzgerald con Louis Armstrong.
Que este septiembre no perdamos la calma conquistada en la hamaca de la playa o bajo la última montaña. Que sea una tirita para quienes empiezan de nuevo, para quienes tienen que borrar números de teléfono que ya no tienen dueño, para quienes ya no tienen qué poner debajo de su nombre. Que nos sostengamos en cada paso, que podamos empezar a dibujar el camino aunque no tengamos la dirección completa.
Que, mientras se desnudan los árboles, sepamos encontrar belleza en lo que nos rodea, nobleza en los lunes. Que, si no todo, al menos mucho de lo que busquemos compartir quepa en un abrazo de los nuestros, de esos en los que sostenemos todo el cuerpo sin vergüenza, ni pudor en el abandono al otro.
Que nos miremos al espejo y podamos sentir que lo que necesitamos está dentro de cada uno. Que seamos el hombre o la mujer de nuestra vida, el abrigo y el trampolín que hace falta para empezar de nuevo.
¡Feliz septiembre!
