
Si la decisión es entre una mujer que teme definirse como feminista y un hombre que ya lo entiende, elijamos al hombre. Si para un puesto hoy hay que decidir entre una mujer que no sabe liderar desde el ejemplo y un hombre que comprende el liderazgo con significado, nombremos al hombre. Si, cuando nos preguntan, todas elegiríamos al mejor, ¿por qué nos hacemos trampas?
Continuemos formando, compartiendo, discutiendo y démonos el permiso de escoger a personas que representen nuestros valores. Es una palabra etérea que, sin embargo, tiene eco en la acción. Los valores se operativizan en comportamientos y acabamos, como se dijo hace dos mil trescientos años, convertidos en lo que hacemos repetidamente. ¿Qué significa en nuestras organizaciones hacer bien las cosas? ¿Qué comportamientos sí aceptamos y cuáles se escurren por debajo de la mesa, llevándose las palabras de los PowerPoints por el sumidero? ¿Qué permitimos aquí que no soportaría luz y taquígrafos? Nombremos al hombre que esté dispuesto a defender los «síes» y sostener los «noes; al que se ría mirando a los ojos; al que invite a guardar banderas y desenredar conversaciones. Si todavía no hay una mujer, elijamos al hombre, y será él quien la atraiga. Porque buscamos formar parte de organizaciones lideradas por personas que eligen conquistarse a sí mismas; solo desde ahí se puede liderar.
Qué lujo trabajar para quien se esfuerza desde el ejemplo, con la mano tendida y los oídos abiertos, con la disculpa si es necesaria y la línea roja cuando se pone en riesgo lo que somos. Qué no nos dé miedo elegir al hombre que ya lo entiende. Las mujeres estamos aquí y es nuestro momento, pero no elijamos al mismo porcentaje de hombres inútiles que en su día reinaron. Hagamos del pasado un aprendizaje ineludible y atrevámonos a elegirla solo si podemos mirarla de frente y escuchamos el alma diciendo “Así sí.”
