¿Podremos sostenerlo?

Las relaciones humanas se basan en la confianza, que es la expectativa de que los demás actuarán de forma honesta, justa y predecible. Construimos esa predicción, entre otros aspectos, en base al historial compartido. Así, confiamos porque confiamos antes y salió bien. La confianza reduce los costes de transacción, los riesgos de fraude, los conflictos y la violencia. El sistema fiduciario es el que crea y mantiene la confianza en la sociedad. Esa maravilla que supone que hayamos acordado desafiar juntos las leyes de la naturaleza y declararnos iguales; darle valor a un trozo de papel de color verde y respetar el derecho de propiedad que solo es tal porque así lo hemos convenido.

La palabra «fiduciario» proviene del latín y su principal componente léxico es “fides”, “Fe”.

Qué curioso que todo nuestro sistema se base en la esperanza de la posibilidad. Y qué frágil. ¿Qué hacemos cuando se rompe? Sucede a veces en un patio de la guardería y en una reunión de dirección (que no están tan lejos como pudiera parecer) que se rompe la fe. Se nos queda la palangana de la esperanza vacía y, sin embargo, el sistema necesita que continuemos trabajando para lograr los objetivos que se supone son comunes y por los que, al final de mes, nos recompensarán en nuestra querida nómina recurrente.

Las relaciones humanas basadas en ese sistema fiduciario se ponen entonces a prueba. No dejan de ser como una bandeja que de pronto es sostén de vasos rotos. ¿Cómo sobrevivirán? ¿Cómo volverán a trabajar juntos mañana los que hoy se dijeron delante de más de uno lo que no se debería haber dicho? ¿Cómo se logra restañar de nuevo, que la bandeja sostenga sin partirse en dos los «para qué» que de pronto ya no se comparten? Las organizaciones tenemos el reto de generar conversaciones difíciles, que siguen siendo un talón de Aquiles. Tener conversaciones descalzos con el ego en el paragüero para poder ver desde la mirada del otro qué le lleva a estar de pronto en un lado de la mesa que se juró despreciar. Solo desde la fe en que el otro lo está haciendo lo mejor posible, encontrarse de nuevo resultará una alternativa viable. Solo desde una mirada generosa y tras una carrera alrededor de la oficina será posible retomar la conversación pendiente. Sin ella, sin el regalo de palabras sinceras que a veces duelen y casi siempre curan, ¿cuántos proyectos se nos quedan en la cuneta? Nos toca invitar e invitarnos a ser paladines valientes de un sistema que se sostiene solo porque lo sostenemos. Hay demasiado en juego como para que no valga la pena.

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